El desarrollo urbano de Palma de Mallorca, desde la Almudaina medieval hasta los ensanches del siglo XX y las modernas promociones frente a la Badia, ha tenido que lidiar siempre con una geología que no perdona los errores. La ciudad se asienta sobre un mosaico de formaciones del Mioceno y Cuaternario, donde las calizas arrecifales del Pont d'Inca alternan con potentes paquetes de margas y arcillas expansivas. Cualquier proyecto que implique una transferencia de cargas al terreno —desde una rehabilitación en el casco antiguo, con estratos antrópicos de siglos de ocupación, hasta una nueva planta hotelera en primera línea— exige un estudio de mecánica de suelos que vaya más allá de la simple caracterización. La presencia de cavidades subterráneas por disolución kárstica es una realidad en barrios como Son Roca o Establiments, un riesgo que solo se detecta con una campaña geotécnica rigurosa que combine reconocimientos directos e indirectos. Conocer la variabilidad lateral de estos materiales en pocos metros es la base para evitar asientos diferenciales que comprometan la integridad estructural a largo plazo.
La interacción entre las calizas karstificadas y las margas del Mioceno en Palma exige una campaña geotécnica que combine perforación y geofísica para detectar cavidades ocultas.
